Efeméride de Sangre

A 30 años de la masacre de Srebrenica, la herida sigue sangrando en los Balcanes.

Por Maximiliano Sepúlveda Rodríguez.

 

El pasado 6 de junio, el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia, TPIY, ratificó la condena a cadena perpetua emitida en 2016 contra el ex comandante del ejército Serbio-Bosnio, Ratko Mladic, oficial a cargo del sitio de Sarajevo, que se prolongó por cuatro años y cobró la vida de 10.000 mil personas, incluyendo mil 500 niños, y la masacre de Srebrenica, donde 8 mil serbios musulmanes fueron asesinados tras ser separados de sus familias una vez que las tropas ingresaron a la ciudad. Así, Ratko Mladic, el carnicero de Srebrenica, se mantendrá en prisión perpetua por crímenes de guerra.

Mladic, fiel a su rol de inmisericorde asesino, escuchó la sentencia impávido para luego proferir uno que otro insulto en el único idioma en el que se digna a hablar: El serbio, haciendo honor a su lugar como una de las tres “joyas” del genocidio durante la guerra en Bosnia, y los sucesivos conflictos que llevaron a la sangrienta separación de la Federación Yugoslava entre 1992 y 1995. La triada se completa con Radovan Karadzic, condenado a cadena perpetua por el mismo tribunal en 2019, y con el ex líder serbio Slobodan Mirosevic, muerto en 2006 bajo custodia de la ONU en el centro de detención del Tribunal Penal Internacional de Scheveningen, en La Haya.

Más allá de los detalles de jurisprudencia internacional, y la historia de los juicios a los genocidas de la guerra de Yugoslavia, creemos preciso entender, ¿qué convierte a gente como Mladic en uno de los mayores genocidas de la historia europea moderna? ¿Cuál es el origen de este estoicismo, tan inusual en nuestros tiempos de plúmbea corrección política, que hace a Mladic no solo no reconocer el mal en sus actos sino, más bien, mostrar orgullo frente a ellos?.

Para eso es necesario hacer una breve pasada por la historia de Yugoslavia. Entendemos que puede resultar latoso, pero si la llegaste hasta aquí, asumimos que no tienes mucho que hacer.

Yugoslavia, el gran Estado de los Eslavos del Sur

La historia versión Wikipedia nos dice que, hacia la caída del Imperio Romano, el grupo étno-lingüístico más numeroso de Europa era el de los eslavos. Con el paso de los siglos, y tras innumerables mixturas y divisiones culturales y religiosas, los eslavos se instalan en la península de los Balcanes, en donde forman numerosos estados multinacionales y multi-religiosos.

A diferencia de otros países, como India-Pakistán, o la misma Irlanda, donde las minorías religiosas dentro de un territorio tienden a agruparse a fin de evitar abusos por parte de las mayorías de distintos credos, en los Balcanes grupos de confesiones religiosas diferentes conviven en un espacio territorial de sólo 550 mil kilómetros cuadrados, estrechamente interrelacionados y con altas tasas de migración interna.

Llegando al Siglo XX, se conformaron identidades nacionales mayoritarias: Croacia, Serbia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Albania. Por esos tiempos, la península estaba bajo el control e influencia de dos de los más grandes (y últimos) imperios de la época previa al orden mundial moderno: El austro-húngaro, con rienda firme sobre los ricos estados del norte, y el Otomano, en los del sur. A esto se suma la presencia minoritaria de judíos, romaníes, búlgaros y turcos.

Las divisiones religiosas, impregnadas en barrios y familias, estaban claras: Cristiano Ortodoxo, mayoría Serbia. Católico, mayoría croata. Musulmán, bosnio y algunas otras naciones más en el este. Estos últimos, convertidos al Islam, hablaban el mismo idioma que serbios y croatas. Menuda ensalada, ¿no?

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, los imperios Austro-Húngaro y Otomano, del bando vencido, desaparecen. Según plantea la historiadora Mila Milosevic, hacia 1918 las potencias vencedoras del conflicto (Inglaterra, Francia, y la Rusia Zarista), impulsaron una “solución” para la región. Así se crea el reino de Serbia, Croacia y Eslovenia. Esta nueva organización, ya presentaba claros rasgos de absurdo que luego se harían endémicos. Un ejemplo: En la Primera Guerra, los croatas se sumaron al ejército Austro-Húngaro y pelearon contra los serbios, que integraban las fuerzas Otomanas. Luego de terminada la guerra, ambas naciones son obligadas a vivir como compatriotas en el mismo Estado. Esta broma asesina se mantendría en la Segunda Guerra Mundial, donde también pelearían en bandos contrarios.

El reino forzado estaría en vigencia entre 1929 y 1941, cuando la península es invadida por una combinación de tropas nazis y fascistas italianas. La escalada bélica de la Segunda Guerra Mundial volvería a abrir el espinoso abanico de nacionalismos y celos religiosos. Los nacionalistas croatas y eslovenos facilitaron la creación de un territorio satélite fascista en la zona. En contraposición a eso, surgen los partisanos, que bajo el liderazgo del Mariscal Iosip Broz Tito, combatieron simultáneamente a nazis, fascistas y nacionalistas, llevándose la victoria en 1944. La derrota nazi/fascista, y el apoyo de la victoriosa, implacable y pujante Unión Soviética de Stalin, permitió a Tito conformar la República Federativa Socialista de Yugoslavia, vigente entre 1943 y 1991.

 

La Yugoslavia de Tito gozó de relativa estabilidad, gracias a su socialismo “desalineado” de Moscú. El Mariscal Tito entendió que el modelo de control centralizado propio del sovietismo estalinista era inaplicable en el caos étnico, cultural y religioso de los Balcanes, por lo que configuró un esquema rígido, mantenido por una combinación de carisma personal y mano de hierro. Los años de Tito transcurrieron en una calma inédita en la historia reciente de la península.

Pero su muerte, en 1980, sumada a una aguda crisis económica que ensombrecía a la región, volvieron a avivar los fuegos nacionalistas en un país donde cada nación parece tener una cuenta por cobrar con el vecino.

La separación definitiva

Así, en caída de dominó, Eslovenia declara su independencia en 1991. Tras 10 días de enfrentamientos contra el ejército yugoslavo, de mayoría serbia, finalmente se oficializa la escisión. El mismo año, Croacia somete a referéndum su salida y también se separa. En este caso, las cosas fueron un poco más complejas, dado que casi la mitad de los habitantes del país eran de origen serbio, quienes se resistieron a la separación, llegando a controlar un tercio del país. En ese momento aparecería en escena un actor que tendría una participación decisiva en los momentos más álgidos del desmembramiento de la Federación: Los cascos azules de la ONU que, con 14 mil tropas, separaron a los bandos en combate, sin “intervenir” directamente en el conflicto. Macedonia también se levanta de la mesa sin demasiadas alteraciones.

Y llegamos a Bosnia-Herzegovina. Según historiadores e investigadores que trataron a fondo el tema de los Balcanes, la nación era una suerte de “Yugoslavia en miniatura”, con población croata, serbia y bosnia interrelacionada, con familias divididas obligadas a elegir un bando.

Es aquí donde se producen las peores masacres del conflicto: Ambas escaramuzas fueron ejecutadas por las tropas serbio-bosnias, lideradas por Mladic.

¿Qué ocurrió en Srebrenica?

 En abril de 1993, Srebrenica es declarada “zona segura” por las Fuerzas Internacionales de la ONU. La ciudad, de mayoría musulmana, fue rodeada por tropas Serbio-Bosnias lideradas por Karadzic, quienes sometieron a la ciudad a un largo asedio que se prolongó por dos años. La mañana del 11 de julio de 1995, las tropas de Radzic entraron a la ciudad, haciendo que miles de refugiados huyeran en estampida hacia el campamento de la ONU, ubicado en Potocasi, en el norte de la ciudad. Finalmente, alrededor de 5 mil personas, entre refugiados y tropas internacionales, se refugiaron en la base. Otros miles lo hicieron en el exterior.

Luego de esto, por razones que aún son motivo de investigación, las tropas holandesas a cargo del bastión de los Cascos Azules entregaron a los refugiados a las tropas serbio-bosnias, quienes procedieron a separar de forma forzosa a hombres, niños y mujeres, trasladándolos en buses. En los días siguientes, 8 mil personas fueron asesinadas a sangre fría y arrojada a fosas comunes. 20 años después de la masacre, unas 6 mil 600 víctimas han podido ser exhumadas, identificadas y sepultadas apropiadamente.

Hoy, la región aún respira los humores fétidos de un pasado sanguinolento. En regiones del país, especialmente de mayoría serbia, los genocidas del conflicto son venerados como héroes patrios. El mismo Mladic vivió libre en Belgrado una vez terminado el conflicto, protegido por las autoridades locales, siendo detenido y puesto a disposición de la jurisprudencia internacional recién en 2011.

Actualmente, las repúblicas de la ex Federación, viven un amargo presente de desigualdad, similar al de las “dos” Alemanias reunificadas: Con naciones ricas y prósperas en el norte, especialmente Eslovenia y Croacia, y estados empobrecidos en el sur.

Las lecciones de Yugoslavia nos dicen que existen odios más allá del tiempo.