Joseph Conrad, cronista de ilusos y fugitivos

Por Bartolomé Leal.

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Joseph Conrad (1857-1924), escritor inglés de origen nobleza polaca, nació en una zona de Ucrania ocupada por los rusos, desde donde emigró a Francia llevando una vida medio crapulosa en Marsella. Fue herido durante un duelo por causa de una dama veleidosa, aunque otros dicen que fue un intento de suicidio. De allí partió a Martinica, en el Caribe. Retornó. Trató de ser un escritor en francés sin éxito; volvió a emigrar, esta vez a Inglaterra, y se hizo marino mercante, consiguiendo el cargo de capitán de barcos. Recorrió los archipiélagos malayos, los mares europeos, las costas de África y el golfo de México. Abandonó los viajes tras variados fracasos y problemas de salud, para dedicarse a escribir en inglés. Se esmeró y sufrió. El pasado no lo abandonaba. Odiaba a los rusos, que habían aherrojado a su patria polaca. Sus penurias de expatriado lo marcaron, al punto que la soledad y el temor a lo extraño ocupan de manera fundamental la imaginación de Conrad. Poseía, en su actuar, un arraigado sentido de la fatalidad que se transmite en toda su obra.

El filósofo Bertrand Russell fue amigo y admirador de Conrad, y a él se debe una aguda percepción de la personalidad de este autor: «Tenía perfecta conciencia de las diversas formas de apasionada demencia a que se sienten inclinados los hombres; y esto era lo que le daba una creencia tan profunda en la importancia de la disciplina». En este sentido, dice Russell, Conrad es la antítesis de Rousseau: no comulgaba con el concepto de “buen salvaje”. Sus cuentos “El anarquista” y “El confidente”, que forman parte de un volumen publicado en 1906, son muestras de la bronca y el desprecio que sentía contra los extremismos, en las figuras de un patético exiliado que se hace revolucionario tras una borrachera; y de un cínico aristócrata enriquecido gracias a sus escritos anarquistas.

Conrad nunca dejó de escribir cuentos, y algunas sus obras maestras son de este género, que para él es una forma de novela corta, más concentrada y libre. En siete colecciones publicó 28 cuentos, escritos entre 1896 y 1917. «Karain, un recuerdo» (1898) es uno de sus primeros cuentos largos. Trata de un jefecillo en un remoto paraje malayo, con el cual se comercia armas en forma subrepticia, con la venia del poder colonial. En Conrad la narración de aventuras está teñida de un agudo juicio crítico a la acción demoledora del imperialismo sobre los pueblos primitivos. Llega la civilización, pero también el mal; una forma de mal a menudo letal, como el tráfico de armas, que permite que pueblos e islas se destrocen entre ellos en guerras fratricidas y sanguinarias; aparte de introducir hábitos absurdos y vicios, enfermedades y plagas, formas nuevas de violencia. En “Karain” las descripciones son fastuosas y coloridas, pero también resalta su penetración en la psicología compleja de este personaje arcaico, con sus bravatas, sus supersticiones y su ridícula corte.

“Falk: una reminiscencia” es otro cuento de extraordinaria fuerza. Una obra donde Conrad logra el máximo efecto erótico en un marco acentuadamente victoriano, donde hay todo tipo de alusiones a un amor atormentado y fogoso que se expresa en cada párrafo. Compara al capitán de un pequeño barco a un centauro, poderoso símil sexual que describe en líneas fulgurantes: “Era una criatura mixta. No un hombre-caballo, ciertamente, pero sí un hombre-barco. Vivía a bordo de su remolcador, que subía y bajaba por el río desde la madrugada hasta el atardecer. A los últimos rayos del sol se podía ver río abajo su barba levantada sobre la estructura blanca, remontando la corriente para anclar por la noche: el cuerpo del hombre vestido de blanco, la mancha frondosa de la barba, y nada debajo de la cintura, salvo las líneas blancas de la pasarela puente que llevaban el ojo a contemplar las líneas blancas de la proa cuando hendía el agua fangosa del río…”

Hay también en “Falk”, como en tantos cuentos suyos, un secreto terrible que se explicita en un momento culminante de la narración. Esto a semejanza de lo que acontece en “El corazón de las tinieblas” (1899) o en “Una avanzada del progreso” (1897), dos de sus narraciones más célebres de ambientación africana, en los cuales el misterio permanece hermético hasta que explota en un cierre que deja trastornado al lector que se ha sumergido, quizá demasiado profundamente, en las aguas insondables de la prosa de Conrad.

Compleja, aunque amable, es la cuentística de Conrad, quien al parecer escribió con dos diferentes audiencias en mente: los lectores convencionales que buscan una aventura con final, si no feliz, al menos confortable; y un lector más sofisticado capaz de apreciar el choque de perspectivas incompatibles. En los cuentos se dan, en un formato más reducido que en sus grandes novelas, las temáticas caras a este autor: la coerción, el aislamiento y la traición; las difíciles relaciones entre autor, narrador y personaje; y la lógica permanente de la narrativa conradiana: la presencia simultánea de la comedia y la tragedia. Como en “El piloto negro”, una broma macabra hecha relato que no arranca siquiera una sonrisa.

Se pueden revisar las obras de Conrad, y si bien alguien puede cuestionar la factura de algunas de sus novelas monumentales (no es mi caso), y tal vez encontrar en Lord Jim, Nostromo o Victoria, debilidades históricas, contradicciones psicológicas en personajes, o incoherencias argumentales, en el género del cuento nos dio simplemente un puñado de obras magistrales. Además de las mencionadas, ¿quién no se ha emocionado con “Gaspar Ruiz”? Es un relato que transcurre durante nuestras guerras de la independencia americana y tiene por escenario a Chile, usando como marco algunos de sus patrones culturales e históricos, tal la figura legendaria del bandido Pincheira. O quién no ha gozado con “Freya, las de las siete islas”, un retrato femenino que provoca admiración por su sutileza y hondura. ¿No nos golpea también con “Amy Foster”, la historia de un amor trágico hecho de puro sufrimiento?

“Alma de soldado” (1917) fue su último cuento, una historia napoleónica que complementa lo narrado en “El duelo” (1908), un drama de honor militar, quizás el tema más caro a Conrad, que arrastró en su vida la culpa de no haber hecho todo lo necesario para liberar a su invadida y saqueada patria polaca. Es uno de los autores fundamentales del siglo XX. No ganó el Premio Nóbel y rechazó ser nombrado caballero por la monarquía británica. Fue coherente consigo mismo y con su época como pocos pueden mostrar.

 

2

Gracias a un azar favorable, tras una mudanza caótica, recupero mi colección de libros de Joseph Conrad, polaco de nacimiento, aunque maestro de la prosa inglesa como se ha dicho, de quien puedo afirmar que lo he leído todo. O casi. Novelas, cuentos, ensayos y libros de memorias, incluidas algunas biografías suyas; entre ellas la redactada por su esposa Jessie. Libros que he recolectado por años, vaya. Bueno, al rescatar mis libros, hojeo un volumen que contiene tres de sus novelas breves (más que cuentos, menos que novelas), separadas entre sí por 20 años. El libro incluye El negro del Narcissus (1897), Tifón (1902) y La línea de sombra (1917).

Lo interesante de la edición es que lleva los prólogos originales del autor a cada obra, práctica que gustaba a Conrad, siempre en conflicto con los críticos y colegas escritores. En esos prólogos explicita detalles acerca de la génesis de cada libro y los conceptos que subyacen en ellos. No se dirige tanto a los lectores corrientes, sino más bien a los potenciales escritores. Algo de eso quiero ilustrar sin mayores abundamientos. Las traducciones de los párrafos citados son mías.

 

En el prefacio de El negro del Narcissus, Conrad escribe: “Una obra que aspire, aunque sea humildemente, a la condición de arte, debería llevar consigo su justificación en cada línea”. Esto corresponde seguramente a ese afán por el orden que circunvalaba la vida y obra del autor, como aludía Bertrand Russell. Elabora Conrad: “Escribir es un intento por hallar en las formas, los colores, las luces y las sombras, en los aspectos de la materia y en los hechos de la vida, lo que es fundamental de cada cual, lo que es perdurable y esencial –su cualidad iluminadora y convincente–, la verdad profunda de la existencia”. Aquí Conrad se refiere con honda elocuencia a la simbiosis, al cordón umbilical, que une a un autor con sus personajes.

El escritor serio, sigue Conrad, “se dirige raramente a nuestros prejuicios, a veces a nuestros temores y, con frecuencia, a nuestro egoísmo –pero siempre, siempre, a nuestra credulidad”. En otras palabras: “El llamado de atención del escritor está dirigido hacia nuestras capacidades menos obvias: esa porción de nuestra naturaleza que, debido a las condiciones beligerantes de la vida, se guardan necesariamente fuera de visión… Es un llamado menos ruidoso, más profundo, menos perceptible y más estimulante; aunque más rápidamente olvidado. Sin embargo, sus efectos duran para siempre”.

Cabe la pregunta: ¿no será que lo que el escritor polaco plantea vale sólo para la literatura realista? Bueno, era lo suyo. En la nota preliminar de La línea de sombra, novela que bordea lo fantástico, plantea, coherente con esa devoción al realismo: “Esta historia, de la cual reconozco que a pesar de su brevedad es con justicia una pieza de gran complejidad, nunca pretendió entrar en el terreno de lo sobrenatural…” Al justificar su punto de vista, añade: “El mundo de los vivos contiene suficientes maravillas y misterios que actúan sobre nuestras emociones y nuestra inteligencia de manera no siempre explicable, lo que casi justificaría la idea de la vida como un estado de encantamiento o hechizo”. Para enfatizar lanza un juicio adicional: “Tengo la firma convicción de que… lo sobrenatural es un artículo fabricado”. Supongo que quiso decir falso, manipulado, ficticio.

En la nota que precede Tifón, Conrad señala que el libro nació de una historia que le contaron sobre un grupo de marineros en los mares de Indochina. Dice: “Eran hombres que se ganaban su pan y, como en cualquier ocupación especializada, hablaban de su trabajo. No solo porque es lo que más les interesa en sus vidas sino también porque tienen poco conocimiento de otras cosas. Nunca han tenido tiempo para familiarizarse con algo diferente. La vida, para muchos de nosotros, no es mucho más dura que la obligación de soportar a un capataz exigente”. Hay pues una tripulación y un capitán, hay una confrontación en Tifón. Dice Conrad que necesitaba: “Un motivo directriz que armonizara todos esos ruidos violentos y un punto de vista que pusiera toda esa furia elemental en su lugar… Ellos tuvieron su oportunidad y yo tuve la mía… Aquí están las páginas para que hablen por sí mismas”.

 

3

La cuentística de Joseph Conrad, un corpus menos apreciado, aunque no menos relevante que sus celebérrimas novelas, forma un todo coherente en el conjunto de su obra. Constituyen tales cuentos y novelas, en una dimensión más restringida, quizá no menos atrayente, narrativa pura: material para lectores de libros de aventuras. Por cierto, un aspecto conveniente para la gente cinéfila El cine se ha apropiado de muchas narraciones suyas (también tengo todas o casi todas las adaptaciones). Solo un puñado son realmente valiosas, como suele ocurrir en ese tráfico a menudo poco serio entre literatura y cine.

Destaco la versión del cuento “El duelo” que hizo Ridley Scott en 1977 bajo el título de Los duelistas, con actuaciones memorables de Keith Carradine y Harvey Keitel. Honran una calidad principal de la obra conradiana: la creación de personajes. Tampoco es despreciable, aunque se pierde bastante del espíritu de la novela, el Lord Jim que dirigió Richard Brooks en 1967, con un expresivo Peter O´Toole que arrastra no solo un apodo denigrante, sino las consecuencias de una acción vergonzosa. La película está bien dotada de actores secundarios solventes; amén de deslumbrantes locaciones en Camboya y Malasia.

Otra película calificada en su tiempo de “obra maestra”, es la versión del realizador inglés Carol Reed, estrenada en 1952, de Un vagabundo de las islas (1896), la segunda novela de Conrad, con Ralph Richardson (capitán Lingard), Trevor Howard (Willems) y Robert Morley. Un gran elenco al que se agrega la mujer nativa Kerima (todo un concepto machista años 50). Filmada en Ceilán (actual Sri Lanka).

Mención aparte merece la película Sabotage (1936) de Alfred Hitchcock, basada en El Agente Secreto, una de las novelas mayores de Conrad. El genio del suspenso se tomó variadas libertades, como por ejemplo transformar a los provocadores rusos (zaristas) en espías poco definidos, aunque mantiene al personaje de Verloc y al niño que es finalmente usado para hacer explotar una bomba en Londres y perece por ello. A pesar de estos detalles la obra está entre las mejores de Hitchcock y él mismo reconoció su deseo de ser lo más fiel posible a la novela.

Yendo a otra referencia tópica, creo que la modernización de “El corazón de las tinieblas” que perpetró Coppola con el título de Apocalipsis Ahora (1991) tiene interés como película post Vietnam, sin embargo, hay bastante poco de Conrad; como tampoco lo hay en otra adaptación titulada Las mujeres caníbales de la Selva del Aguacate (1989), una vergonzosa utilización del argumento y personajes del cuento para esta comedia fome y chusca, aunque reveladora para conradianos de mente amplia, como pretende ser este vuestro servidor. Y, bueno, el que la nave espacial de Alien, el octavo pasajero (1979), la colosal película de Ridley Scott, se llame “Nostromo”, no pasaría de ser un chiste si no fuera porque el nacimiento y desarrollo de un monstruo (el mal) en su interior, tiene algo de lo que siempre quiso mostrar Conrad en toda su obra.

 

Bartolomé Leal

Junio 2021