El Abrazo

Por A. A. Toro Ogden.

 

Roberto arrojó con fuerza el televisor desde su ventana en el piso 11, en Santiago centro. A los pocos segundos se escuchó un estruendo, luego gritos de horror. Se asomó y miró hacia abajo; se veía un cuerpo tirado entre un charco de sangre y cientos de pedazos de lo que antes era el aparato. Vendrán luego por mí -pensó-, así que se enfundó un abrigo y fue a la cocina, abrió todas las llaves de gas y salió del departamento; tomó el ascensor y bajó hasta el subterráneo, saliendo por la entrada de vehículos y dirigiéndose hacia Mapocho. Tenía hambre. Entró en un viejo restaurante del tipo picada y pidió una cazuela junto a una botella de vino.

 

–Tráigame el más caro que tenga –dijo.

 

Comió y bebió tranquilo, como si nada hubiese ocurrido. No había mucha gente en el local, ya que eran las cuatro de la tarde. Sólo unas pocas personas, no podía escuchar lo que hablaban. Al terminar pidió la cuenta; cuando el mozo llegó le hizo señas para que se acercara más, y cuando estuvo a muy corta distancia extrajo un cuchillo de cocina desde su abrigo y se lo enterró con fuerza en el estómago. Antes de que pudiera gritar, se lo retiró y se lo volvió a clavar en el cuello. El tipo cayó en un sueño profundo, la muerte lo esperaba a los pocos minutos. Roberto limpió el cuchillo con calma con las servilletas que había en la mesa, luego lo guardó nuevamente en su abrigo, se puso de pié y salió del local. Cuando ya estaba fuera se escuchó un grito. Entonces hizo señas a un taxi. Subió. A Providencia con Lyon, le dijo al chofer, quien puso en marcha el auto y se fueron entre el tráfico en dirección oriente.

 

Cuando llegaron a la esquina de Providencia con Lyon, Roberto extrajo de otro de los bolsillos de su abrigo una pistola 9mm y disparó dos veces a la cabeza del taxista. Salió del auto; la gente miraba con horror, pero no lograba hacer nada; estaban inmóviles, incapaces de hablar o de moverse. Roberto caminó entre la multitud y luego se perdió en una gran tienda. Llegó a los ascensores que llevaban a una serie de departamentos ubicados en los pisos superiores, entró a uno y pulsó el número cinco. Era el último piso. Cuando salió, caminó por un oscuro pasillo y se detuvo ante una de las puertas, departamento 504. Tocó el timbre, al poco rato le abrieron. Ella tenía un vaso en la mano.

 

–Veo que me encontraste.

–¿Qué estás bebiendo? –preguntó él.

–Martini con limón.

–¿Funciona?

–Seguro.

–Sírveme uno, uno grande.

 

La mujer fue hacia un pequeño bar improvisado sobre la mesa de centro y preparó el trago, se dio vuelta y lo miró fijamente a los ojos. Ella lo amaba y odiaba al mismo tiempo. Ya había pasado mucho tiempo desde que se conocieron en esa playa al norte de Chile. En aquella época él daba paseos en bote y ella era una cazafortunas, estafadora a tiempo completo. A los 19 ya había estado seis meses en la cárcel por robo en lugar no habitado. Pero tenía un encanto a flor de piel, lo que la ayudaba a engañar a hombres incautos que se dejaban llevar por su firme y juvenil cuerpo, sus grandes y marrones ojos. Ella solía mantener relaciones con hombres exitosos y prominentes, empresarios locales y extranjeros que conocía en resorts y hoteles. Si bien hábil en su oficio, nunca logró hacerse de un buen botín, o por lo menos de lo suficiente como para empezar algo propio, legal. Era conocida como Scarlett, pero su nombre real era Celia Rodríguez.

 

Se conocieron mientras él daba un paseo a varios turistas. Ella acompañaba a un incauto empresario sexagenario. Cuando Roberto explicaba con bastante ficción la formación rocosa del lecho marino por la que pasaban en ese instante, sus miradas se cruzaron; esa misma noche terminaron revolcados sobre la arena. Celia le contó cómo se ganaba la vida. Ante su sinceridad, él le relató que era sicario pero solo había hecho dos trabajos hasta entonces. Ahora dejaba pasar el tiempo hasta que se calmaran las cosas. Pensaba volver a Santiago dentro de un par de años. Comenzaron una buena relación, pero ella no podía dejar de entrar en los bares de los hoteles y de acostarse con tipos para robarles. Eso empezó a fastidiar a Roberto, quien cierta noche la golpeó, dejándola inconciente. Ella estuvo varias semanas en un hospital.

 

Roberto escapó hacia Santiago antes de lo planeado y retomó su vida delictual. Ella, al recuperarse, también viajó a Santiago a vivir con su hermana. Pensaba cambiar de rubro, aunque sabía que sería imposible. Después de un año, y por casualidad, cierta noche en que hacía el amor con un acaudalado hombre de negocios en su cómodo departamento de Vitacura, alguien entró en la habitación, en silencio. Acto seguido, disparó al hombre que jadeaba sobre ella; un certero tiro con silenciador, en la cabeza, terminó con la vida del emprendedor. Celia quedó manchada de sangre. Cuando se disponía a gritar, el asesino le tapó la boca y se quitó un pasamontañas.

 

–¿Que haces aquí? –dijo Roberto. Ella solo le abrazó y lloró. Estaban nuevamente juntos.

 

Pasó un tiempo. Luego él volvió a golpearla, siempre por lo mismo. Ella seguía tirándose a ricachones y volviendo a casa tarde. Traía relojes de oro, a veces cheques, tarjetas de crédito, dólares. Una vez, incluso, llegó con una 4 x 4. Roberto logró rápidamente venderla a unos bolivianos; esa vez se enfadó mucho. Iría a la cárcel por culpa de la indiscreción de Celia. Aquella vez terminó con ella, según él, para siempre, no sin antes darle una buena ración de golpes. Se fue detenido y acabó con medida cautelar. No podía acercarse a cien metros de Celia. Pero ella lo buscaba y siempre se reconciliaban y terminaban prometiéndose cosas que jamás podrían cumplir.

 

Cierta noche en que Celia no llegó a dormir, él empacó sus cosas y se largó. No quería volver a verla jamás. Pero ella esa noche no lo engañó; se enteró de que estaba embarazada y no supo qué decirle a Roberto; pensó en el suicidio. Terminó borracha en un bar y se fue detenida. Al día siguiente, cuando entró en su casa, se percató de que él se había marchado. Como recuerdo le había dejado sobre la cama un condón. Ella corrió al baño y vomitó. Lloró con tanta amargura que unos vecinos llamaron a la policía. Por despecho, rabia, enajenación, o quién sabe qué sentimiento que cruzó por su cabeza, Celia decidió abortar. Un falso doctor hizo el trabajo por doscientas lucas. Terminó grave e internada por perder demasiada sangre. Cuando se recuperó, fue formalizada y pasó cuatro años en la cárcel. Roberto supo del asunto y la visitó a menudo, pero ella ya no era la misma; su mirada estaba perdida, se había ido. Sólo quedaba un cuerpo, si bien no tan firme y joven como antes, aunque aún tenía esa cara de niña pícara. Pero al hablar con ella, al mirarla, Roberto sabía que en realidad no estaba ahí.

 

Esperó pacientemente los cuatro años a que Celia terminara su condena. Cuando quedó libre, él la fue a esperar fuera de la prisión. Nuevamente vivieron juntos, pero ya no era como antes. Ella no hablaba, no decía palabra alguna. Tampoco se iba por las noches. Sólo se quedaba por ahí sin hacer nada, salvo beber. Roberto pensaba: al menos está conmigo y no se tira a nadie. En realidad, ni siquiera lo hacía con él. Nunca tenía ganas. Él terminaba siempre yéndose de putas, dando un gran portazo, y Celia se tumbaba borracha en la cama y se dormía. Ya nada le importaba.

 

Comenzó a beber cada vez con más frecuencia, y un día en que Roberto no estaba empacó sus cosas y se fue. Él estuvo buscándola durante un largo tiempo, pero no dio con ninguna pista. Incluso llegó a matar a su hermana, esperando que ella apareciera para vengarse, pero siguió sin dar rastros de vida.

 

El tiempo transcurrió, dando paso a una nueva relación de parte de Roberto, quien mantuvo un corto matrimonio con una bailarina exótica. Después de separarse de esta última, se limitó a su trabajo. Era lo único que sabía hacer bien, pensaba. Ganaba buen dinero y tenía tres departamentos en distintas zonas de Santiago, ninguno a su nombre. Tenía que moverse rápido en caso de que algo saliera mal.

 

Pero cierto día, mientras miraba las noticias de la tarde, se percató de que Celia aparecía en una toma en vivo. Un notero entrevistaba a un vendedor callejero. Ella, sin darse cuenta, cruzó justo detrás del entrevistado, robando unos segundos de cámara. Roberto alcanzó a ver que entraba en un edificio, al cual reconoció de inmediato. Llamó a varios de sus contactos, y en solo veinticinco minutos supo que una tal Scarlett Larraín -nombre que solía utilizar en sus viejos tiempos- arrendaba el departamento 504 de un edificio ubicado sobre el concurrido, aunque pequeño, mall de Providencia.

 

–No sé cómo me encontraste, pero ahora que estás aquí, siento que no quiero hablar contigo –dijo ella.

–Dame mi trago, tenemos que conversar.

–¿Qué ha sido de tu vida todo este tiempo? ¿Has matado a muchos niños?

–Yo no mato niños.

–Pero golpeas a mujeres.

–Solo a las putas.

–Te gustan las putas, no debieras golpearlas.

–Lo sé, después de que te fuiste me casé con otra.

–¿Te casaste? ¿Tú, en un compromiso? Quien lo diría…

 

Roberto terminó el trago y dejó el vaso sobre la mesita de centro; afuera comenzó a escucharse a la policía.

 

–Esas sirenas son obra tuya, imagino –adivinó ella.

–Sí.

–¿Por qué lo hiciste?

–¿Por qué hice qué?

–Buscarme, ¿por qué no me dejas olvidarte, por qué insistes en esto?

–Ha pasado mucho tiempo, pero necesito saber que vas a estar conmigo. ¿Sabes una cosa? Es probable que pase el resto de mi vida en la cárcel.

–Bien merecido sería.

–Oye, escucha, pensaba acabar con esto rápido. ¿Ves esta pistola? Pensaba usarla para mí, pero al verte…

–¿¡AL VERME QUE!? –gritó, furiosa.

–Si me dices que pare esto, me entregaré. Lo haré por ti.

–¡Ándate a la mierda de una vez! Prefiero que uses de una puta vez esa pistola.

–Sigues siendo la misma puta insensible, ¿a quién te tiras para arrendar este departamento?

 

Celia caminó en dirección a la cocina, entró y salió con un cuchillo en la mano, miró a Roberto y le dijo:

 

–Sal de aquí, hijo de puta. ¡SAL DE MI CASA!

–Esta no es tu casa. Debe ser de alguno de esos mamones que te dan por el culo.

 

Celia se fue encima suyo. Con el cuchillo logró hacerle un corte en la cara. Roberto comenzó a reír, puso su mano en la herida. En ese instante golpearon fuertemente a la puerta y una voz gritó:

 

–¡Es la policía, abran la puerta!

 

Roberto sacó su pistola y esperó. Celia estaba parada en medio de la sala, aún con el cuchillo en la mano. La puerta se abrió de golpe y entraron varios policías armados, haciendo un gran escándalo. Algunos chocaban torpemente con los muebles, botando cuánta cosa había a su alrededor. Celia soltó el cuchillo y cayó de rodillas, llorando.

 

–Señora –le dijo uno de los policías–. ¿Se encuentra bien?

 

Celia no respondió, solo se quedó en silencio mirando hacia la ventana. Las cortinas eran blancas y la luz del sol les daba de frente. El viento las movía, dejando entrar grandes destellos luminosos. Afuera, la gente gritaba. Celia apuntó con su dedo hacia la ventana.

 

-Él está en esos rayos de sol.

Le caía saliva de la boca, sus ojos estaban desorbitados. Miró a los policías y les dijo:

-Él está en esos rayos de sol, él camina entre ellos, está aquí ahora, me abraza, ¡oh, me abraza! Los rayos de sol. ¿Se dan cuenta? ¿Ven como él me abraza?

 

Uno de los policías fue hacia la ventana, corrió las cortinas y miró hacia abajo. Sobre la acera estaba el cuerpo de Roberto, disperso.