Arcanos Mayores

Por Eduardo Contreras Villablanca.

 

Uno se vuelve sabio sólo en la medida en que atraviesa su propia locura.

Alejandro Jodorowsky. Psicomagia

 

Reposamos desnudos uno a cada lado de la cama, una king size, cubierta de almohadas pequeñas. Las sábanas beige en el suelo parecen una prolongación de las cortinas color crema, y el desorden de los cobertores armoniza con nuestra agitada respiración. La habitación huele a sudor y al aroma del vino que aún flota en el ambiente, a pesar de que ya hace rato vaciamos la botella de Misiones de Rengo.

La piel blanca de mi cuerpo, mis curvas, y mi cabellera rubia y lisa, contrastan con el torso velludo, la contextura delgada de Osvaldo y su tez morena.

–Esto estuvo más salvaje que otras veces –me dice.

No le contesto y me estiro hacia el velador, saco las barajas, me vuelvo hacia él y las pongo en la cama entre nuestros cuerpos.

–Necesito preguntar algo –le digo.

Recuerdo cuando llegó por primera vez a pedirme que le leyera la suerte, venía un poco cabizbajo. Yo había hecho todo el ritual, como hago siempre con los clientes que llegan a mi consulta. Estaba encendida la vela blanca y también una barrita de incienso. El mazo yacía sobre el tapete morado de la mesa, el color de la transgresión, de la transformación. Las cartas siempre se mueven mejor sobre un paño que sobre cristal o madera. Pero el colchón de la cama no estará mal en esta ocasión.

El día que lo conocí, escribió en una hoja de papel su pregunta; por su cara de desamparo yo intuía cuál era. Así que cuando le tiré las cartas, y en la primera corrida salieron los enamorados, le dije que no se preocupara. La carta mostraba al hombre y la mujer desnudos, de pie, delante de una montaña. “No vas a pasar mucho más tiempo solo”, le dije. Y así fue, antes de un mes ya éramos pareja.

Yo no hice trampa, no me gusta hacerlo, no estaba pensando en involucrarme en su futuro. Es verdad que lo encontré atractivo apenas lo conocí, pero incluso después de leerle la suerte no se me pasó por la cabeza que llegaría a haber algo entre nosotros. Nunca me había metido con un cliente. Eso vino después, de a poco. Osvaldo como que se envalentonó con las cartas que le leí. Salió de mi consulta pisando con más seguridad, mirando al mundo con aplomo, y volvió luego de un par de días, ya no a consultarme sino a preguntar hasta qué hora trabajaba, porque quería invitarme a cenar y a bailar.

Me gustó su forma de hablar, será porque estudia leyes. Quizás fui algo maternal con él. Después de todo, le llevo casi ocho años de ventaja. Le expliqué lo que había ido aprendiendo con el tiempo, que las leyes no están en los códigos, ni siquiera en el tarot, que las leyes están en la vida misma y las vamos construyendo día a día con nuestros actos. Él se reía, luciendo esos dientes blancos que resaltan más con el color cetrino de su piel. “Alguna vez creí en esas leyes”, le dije, y le conté que había sido carabinera. Se sorprendió mucho, no le cuadraba el rigor del patrullaje en las calles con la sensibilidad y la intuición del tarot. Le expliqué cómo había ido descubriendo mi vocación. Omití las motivaciones económicas del asunto: aparte de que me gustaba leer las cartas, con mis consultas ganaba bastante más que los trescientos mil y tantos que me pagaban como policía. Tampoco le conté que había empezado a tener problemas con el sargento segundo, que me calificó en lista dos por “conducta errática”.

Desde que supo de mi pasada por la institución, Osvaldo me empezó a decir “mi paquita bruja”. Lindos recuerdos.

Ahora barajo y corto las cartas pensando en la pregunta que escribí. Me concentro en esa interrogante aunque sé la respuesta. Él me mira divertido, no entiende esto de que yo le vaya a ver la suerte para responder una duda mía, y menos que sea después de hacer el amor.

Le pido que corte el mazo con la mano derecha y que extienda el montón de cartas delante de mí. Lo hace sonriendo.

Como tarotista siempre he sido seria. Lo que haré no es lo que acostumbro, me apasiona adivinar, no me gustan las certezas, pero en esta ocasión no tengo alternativa. Luego de que él termina de acomodar las cartas le pido que me indique sucesivamente tres de las figuras, Osvaldo apunta a las primeras del lado derecho. Yo las doy vuelta.

–Lo primero que se ve claro es que hay una infidelidad –le digo golpeando con el dedo el 10 de bastos–, mira este hombre de espaldas, abrazado a un haz de varillas de madera, salió invertido, ¡eso indica traición y separación!

–¿Estás bromeando? –me pregunta.

–No bromeo. Debí dudar de ti la primera vez que te leí las cartas. Recuerdo que salió una copa invertida, eso indica un mal comienzo.

–Yo no te he traicionado.

–¡Cállate mierda! Mi propia hermana me contó, vino a decirme que ya no volverías conmigo, le dijiste que la prefieres porque deja que se lo hagas por atrás.

–¡No es cierto! Y yo no pienso dejarte… –Osvaldo se levanta de la cama, como si ponerse de pie le diera más convicción y fuerza a sus palabras.

–Ayer los vi. Cuando me avisaste que no podías pasar a verme fui a asomarme al departamento de Milena, vi cuando entraste. La llamé varias veces por teléfono y no me contestaba. Yo estaba ahí todavía un par de horas más tarde, escondida detrás de un kiosco, cuando salieron de la mano, los tortolitos… pero espera, no he terminado de leer las cartas –apunto a la segunda carta y continúo–, este es el loco ¿ves? Sí, debiste estarlo para hacer lo que hiciste. Y quizás yo también esté un poco loca –sin dejar de mirarlo, apunto a la tercera carta–, este arcano XIII es claro, tu muerte está cercana. Vista desde mi lado está al derecho, eso significa transformación, renacimiento, el fin de algo pero el inicio de otra cosa mejor, una evolución desde un estado a otro superior. Para ti está de revés, así que representa simplemente la muerte, la petrificación.

Él balbucea algo mirando la carta que muestra a un caballero medieval pisoteando cadáveres delante de un obispo, luego intenta agacharse a recoger sus pantalones del suelo. No alcanza, saco la pistola desde debajo de la almohada y le disparo a la cabeza. El silenciador solo permite escuchar un ruido seco y corto, un poco más grave que el del descorche de un champán. Suena más fuerte el golpe de su cuerpo contra el suelo.

–Por tu culpa he tenido que hacer trampa. Detesto saber lo que va a pasar antes de ver las barajas –le digo, mientras se retuerce en el piso.

Luego deja de moverse. Ahora la rabia me abandona, dejándome vacía. No quiero perder esa cólera, creo que sin eso la pena me invadirá y no quiero estar triste por culpa de este mocoso traidor. Necesito la rabia, eso me dará fuerza para vestirme y luego arrastrarlo hasta el garaje y encajarlo en el maletero del auto. Va a ser difícil, sé lo que pesa un muerto.

 

(*) Este cuento ganó el Primer Premio del concurso de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos de Ñuñoa y el Gobierno Regional Metropolitano de Santiago, el año 2017.