“Tantas huellas que cicatrizar”. A veinte años del debut de los Bunkers

Fue el álbum que puso en juego a una banda que, con vitalidad y rigor, intentó hacer dialogar al canon clásico británico de los sesenta -Kinks y Beatles-, la Nueva Canción Chilena a través de Inti-Illimani-, y la generosa herencia del sonido de Concepción. Mauricio Durán conversa con Mediapinta acerca del proyecto que derivó en la reedición hace algunas semanas de aquel debut, cómo las canciones de la banda han resistido el paso del tiempo y sus sensaciones acerca de las tocatas que el grupo, en su momentánea reunión, ofreció en Plaza Dignidad y la Universidad de Concepción en diciembre de 2019.

 

Por Rodrigo Burgos

¿Cómo parte el proyecto de reeditar el debut de los Bunkers?

Es muy loco porque somos dueños de ese disco ya que nosotros lo pagamos. Contrario a lo que se pudiera pensar, era el único disco que no estaba en ninguna parte. Uno se despreocupa y no lo habíamos editado. A esto se suma que una empresa -que todavía no identificamos, pero sospechamos quiénes son- lo subió a Spotify para monetizar desde ahí, que, aunque con la mierda que se monetiza en las plataformas digitales, de todos modos, ese dinero era nuestro. Hablamos con la agregadora y bajaron el disco. Entonces, no podías hallar el disco en plataformas digitales y las partidas de cedés que alguna vez se prensaron, en 2001 y 2005, ya estaban agotadas. Como se cumplían veinte años acordamos publicar una versión que incluyera el formato vinilo y que le haga justicia a la historia del disco. Paralelamente, el Chalo González habló con Carlos Cabezas y este encontró las cintas del disco, no las pistas, pero sí la cinta ya mezclada. Entonces, aunque no podíamos remezclar, sí podíamos remasterizarlo.  Aprovechamos sobre todo de masterizar ya que las herramientas con las que cuentas hoy en día son muchos más amplias y nos interesaba que, a nivel de frecuencia, el álbum tuviera una mayor amplitud. Sentíamos que el álbum sonaba muy pequeño y bueno, podíamos lograr que se definieran bien los agudos, equilibrar más los bajos de lo que quedó en la mezcla original, una ecualización más apropiada. Una mejor impronta, en resumen. La fotografía sería la misma, salvo que se vería mejor.

 

¿Cómo hicieron esa mezcla original? ¿Toda la banda?

Lo mezcló Cabezas y solo yo estuve con él. Grabamos el disco prácticamente en un día, salvo unas voces que hicimos al día siguiente. Después, Cabezas nos dijo «vengan, les voy a regalar la mezcla» y yo llegué un día a Konstantinopla -entonces estudio del líder de Electrodomésticos- a eso de las siete y media de la tarde y él mezcló el álbum, pongamos, de ocho a una de la mañana y eso fue todo. También forma parte de su encanto el que se haya hecho una mezcla no diría a la ligera, pero sí expedita. Hoy te pasas una semana mezclando.

Afortunadamente, Cabezas encontró las cintas para que se pudiera remasterizar de los másteres originales. Si no, tendríamos que haber recurrido al viejo truco sucio en que agarras un cedé y lo traspasas. El Chalo lo remasterizó, hablamos con el diseñador Carlos Cadenas, quien había trabajado con nosotros en discos previos, reunimos material, hablamos con David Ponce y varias personas cercanas al grupo en aquella época -Claudio Narea, Mauricio Melo, gente de Big Sur, el sello que publicó el disco en el 2001, Marcelo Aldunate, Pablo Aranzáez y Jorge Lozano, quien nos hizo los primeros clips- y armamos un texto de acompañamiento a la edición. Lo lindo es que no hablamos nosotros sino la gente que nos veía en ese momento en circunstancias bien especiales: recién veníamos llegando a Santiago desde Concepción y es interesante conocer cuál era la visión que tenían de nosotros sin saber lo que vendría después.

 

Veinte años después, reencontrándote con el disco como obra, ¿cómo observas ese debut?

Cuando lo escuché me causaba gracia el que se escuche, por una parte, la inocencia del grupo, algo que me gusta y, por otro lado, creo que hay una suerte de arrojo por pequeñas cosas que se querían decir y por la forma en que se tocó y grabó. Veo esa mezcla de arrojo y a la vez inocencia que me llama mucho la atención. También me llamaron la atención cosas que no había visto y que con el paso del tiempo se hicieron evidentes en la banda, sobre todo en las formas de tocar de Gonza y Mauro; en la forma de cantar de Álvaro. Son cosas que después se dieron por sentadas, pero que ya en el debut se esbozan y después serían características.

 

Sí, uno nota mucho cómo el bajo de Gonzalo va ganando fuerza a lo largo de los discos de la banda.

Claro, y eso pasa porque en la versión primera del álbum el bajo sonaba en una frecuencia muy baja y en la remasterización se escucha mucho más. Es un buen detalle.

 

Un elemento que se ha rescatado en diversas notas que han aparecido sobre la reedición del álbum es que, dentro de la escena del rock de fines de los noventa y principios de los dos mil, las líricas tendían a ser muy introspectivas e interpelando muy poco al contexto sociopolítico de entonces. Ustedes aparecen con un tema como El Detenido que tuvo rotación en radios como Rock & Pop. ¿Había un ánimo explícito de quebrar esa relación, digamos, velada con el entorno?

No fue algo consciente. Nos manejábamos muy intuitivamente y muy conscientes de nuestras limitaciones. Si interpretativamente mostrábamos esbozos de lo que seríamos, compositivamente ocurre lo mismo, independiente de que El Detenido o Entre mis brazos son canciones hechas y derechas, el álbum muestra que los compositores también están en ciernes. Entonces, no era un ejercicio consciente. Sí teníamos claro que era importante hablar de ciertos temas y que una parte de nuestro catálogo se vinculara con eso. El cómo venía era tal cual nos saliera, sin entrar en, mira, esto digámoslo de forma más explícita o velada; a ver, escribamos sobre esto, lo moldeábamos para que saliera lo mejor posible. Quizá no teníamos una visión tan clara sobre lo que ocurría, sería muy cool decirlo ahora, pero no fue así. Tal vez ahora es mucho más fácil hablarlo con la distancia del tiempo, pero en el momento fue así nomás.

Fue una decisión afortunada, pero no predeterminada. Salió según sus circunstancias.

 

Por algunas conversaciones que tuvimos en la época, recuerdo que ustedes apuntaban a discos como Rubber Soul como ejemplo a seguir en términos de sonido. Salvando todas las distancias correspondientes, ¿cuál era el modelo que seguir?

Para Francis y Mauro Rubber Soul era el disco, no como modelo a seguir, pero sí como la luz que ves al final del pasillo. Alumbra hacia dónde debes caminar. Álvaro y yo estábamos mucho mas pegados con los Kinks y quizá íbamos hacia allá, pero sí, me atrevería a decir que la estética Kinks era entonces más fuerte para nosotros que la estética Beatle. Puede que me equivoque, pero es lo que recuerdo. Por otro lado, estaba la estética chilena y allí el referente era Inti-Illimani.

 

Francisco comentaba que Entre mis brazos -uno de los pocos temas que cuenta con doblaje de guitarras en el disco- pretendía ser el nexo entre la Nueva Canción Chilena, que es una idea que explota con mayor confianza en La Culpa (2003), y el folk californiano, más byrdiano.

Así es. Entre el tiple de los Inti y la Rickenbacker de doce cuerdas de los Byrds, ese era el sonido que buscábamos. No teníamos cómo conseguirnos una guitarra de doce cuerdas, entonces contábamos una acústica de doce cuerdas y lo hicimos con eso. Teníamos muy pocos elementos técnicos, más allá de que Mauricio Melo nos prestó una Les Paul y yo tenía una Stratocaster; Mauro tenía su batería Tama, un pedal de distorsión y Gonza grabó con un Jazz Bass de Alberto Rojas -bajista de los Santos Dumont. Todo pa’ adelante. No perdíamos tiempo en las posibilidades. A lo mejor esto te lleva a que te concentres más en lo poco que uno tiene y con eso sacarlo adelante. Hay que hacer los coros en quince minutos porque después viene otra canción. Ya, ok, filo.

 

En cuando a aprendizaje, ¿qué cosas tomaron en términos de trabajo de estudio y aplicarían a partir de Canción de Lejos, su siguiente álbum?

Hay algo en nuestra forma de tocar que se fue asentando en los siguientes discos. En ese sentido, Canción de lejos es un álbum del cual sacamos muchas más lecciones al momento de grabar que de ese primer disco. En lugar de grabar todo en un día contamos con diez días de grabación. Fue importante la presencia de Álvaro Henríquez, quien ya tenía seis o siete discos en el cuerpo, y la experiencia de producción era otra. Buscábamos otras cosas que hacer o hacerlas de un modo distinto. En ese primer álbum, más allá de que nos íbamos apurando o retrasando juntos, tocamos en vivo, doblamos un par de cosas y solo las voces se hicieron aparte. Se grabaron las acústicas de Entre mis brazos, una adicional y un solo de guitarra en Jamás. El resto se grabó en vivo.

 

¿Hubo una figura de productor?

Mauricio Melo. Carlos Cabezas no estuvo en la grabación, sino que llegó en la noche y organizó el cuento. Melo nos decía, “denle una pasada a este tema”, nos dirigía a nivel de ímpetu, ya que los arreglos los habíamos trabajado en la sala de ensayo. Además, no íbamos con la intención de grabar un disco sino solo dos temas: Fantasías animadas y Jamás.

 

¿Cómo surge el apetito de grabar un álbum completo?

Melo nos dijo que tocásemos nuestras otras canciones para relajarnos. Mientras tanto, él y el ingeniero irían grabando para revisar el monitoreo y esas cosas, ajustando niveles. Se hace el registro y ya en la noche, llega Cabezas y dice «no, esto ya es un disco». Es muy raro, porque mientras tocábamos los temas nadie se recriminaba ni pedía empezar de nuevo porque nunca estuvo la conciencia de que eso sería grabado para formar parte de un álbum.

 

¿Cómo recuerdas la relación que empezaban a tener con la prensa?

No teníamos relación con prensa. Recién la tuvimos cuando firmamos con Big Sur y ellos tenían una estructura y nos decían “oye, hoy viene tal periodista a entrevistarlos”. Le mandaban los discos a periodistas para que los reseñaran. Fue el sello el que comenzó a preparar esa campaña. Por ejemplo, a la Marisol García la conocíamos personalmente, pero tampoco teníamos mayor contacto. Cuando grabamos el disco, Melo le llevó el material a Marcelo Aldunate -entonces director de la radio Rock & Pop- para ver si podían ayudarnos con la difusión.

Sí recuerdo que cuando el disco se publicó tuvo buena crítica, salvo LUN. La verdad, no nos importaba mucho; estábamos convencidos de lo que estábamos haciendo.

 

¿Escucharon la remasterización todos juntos? ¿Qué sensaciones tuvieron al encontrarse de nuevo con el álbum?

No, la trabajé solo con Chalo González. De ahí se las envié a los chiquillos, ya que no pueden masterizar entre cinco personas. La verdad, no fue muy complicado; estaba claro lo que la mezcla necesitaba. Hubo un par de comentarios y ya.

 

En general, ¿fue agradable la sensación de volver a ese álbum después de todo lo que han grabado después? Hay muchos artistas que abominan sus primeros álbumes.

Dentro de todo, fue un gusto que hayamos podido mejorarlo. Claro, alguna vez tuve aprensiones con respecto a que se podría haber mejorado tal o cual cosa, pero ahora lo veo como, bueno, así eran las cosas entonces y ya está. Así jugaba a la pelota en ese tiempo.

 

¿Y eso te pasa en general con todo el catálogo de los Bunkers o hay álbumes con los que tienes una vibración más desfavorable?

No vuelvo a escuchar los discos del grupo. Escuché este y Barrio Estación porque también lo remasterizamos.

 

¿Lo reeditarán?

Se supone que sí.  Y me pasó que al escuchar la nueva masterización me dije, claro, así debió haber sonado originalmente. Me di cuenta de que el disco tenía una cierta oscuridad en el sonido y que ahora recuperó cierta luminosidad. Me encantó el trabajo que realizó el Chalo González. Tiene una vibra distinta.

 

¿Tienes un disco favorito?

Puede ser Barrio Estación, aunque mi disco más cercano podría ser Vida de Perros ya que es más sencillo, tiene menos cosas. Hubo un tiempo en que evaluaba mucho nuestros discos, pero una vez que nos separamos descansé de aquello. Hago tan de vez en cuando este ejercicio de volver sobre nuestra discografía que le entrego una mirada con aprecio a lo que hicimos, de forma global. Recuerdo que cuando estábamos haciendo Barrio Estación me enteré de que sería papá, entonces el disco está relacionado con la alegría de mi paternidad. Por eso tengo una sensación potente; además, me gustan sus caras b, cómo está ordenado, creo que la distancia que tiene Barrio Estación entre su mejor y peor canción es muy estrecha. No tiene nada que ver, por ejemplo, Abril que es más spectoriana, con Capablanca que es medio Bacharach o Si todo esto es lo que hay, que es medio T-Rex. Siento que en ese disco nos dimos el gusto de probar de diferentes platos.

 

¿Te sorprendió la muy buena recepción que tuvo la reedición del debut de los Bunkers?

Sabíamos que había una necesidad del seguidor duro de la banda, que le hacía falta el disco. Tenía muy claro que era un trabajo que hicimos para nuestros fans. Más allá de subirlo a plataformas, para nosotros hacer esto hoy es un hueveo. Hacer esto, lo otro, mandar a prensar el vinilo a Argentina, nos tomo un año todo el proyecto. Es mucho trabajo para un momento muy puntual. No sale a cuenta, no pierdes plata, pero tampoco ganas.

 

Supongo que te alegra que a, no sé, siete años de la disolución del grupo, haya aún una alta fidelidad con el catálogo de la banda.

Sí, hay un grueso de la obra del grupo que ha resistido el paso del tiempo. Y en ese disco debut hay canciones que han aguantado bien tanto tiempo.

 

¿Estas decisiones de reeditar el catálogo pendiente se relacionan con una reflexión que nace quizá de la buena acogida que tuvo el momentáneo regreso en vivo de los Bunkers en diciembre de 2019?

No, son cosas que corren por carriles distintos. Lo del disco lo hicimos porque se merecía eso, que estuviera al alcance de la gente. En el caso de Barrio Estación, es porque es hasta ahora el único álbum que no se ha publicado en vinilo y es el que más probablemente se lo merezca. No lo grabamos en cinta, pero tenemos todos los archivos en crudo, hasta podríamos remezclarlo si quisiéramos. Será un vinilo doble. Somos fans de las discografías porque reflejan buena salud. Si no tengo el vinilo de los Blops no se los puedo mostrar a mi cabro chico. También tenemos un proyecto de sacar un disco de rarezas, tenemos harto material, temas que no quedaron en ningún álbum; el otro día pillé cinco versiones previas de Miño, por ejemplo.

 

¿Qué sensaciones les quedaron con las actuaciones de la banda en Plaza Dignidad y la Universidad de Concepción en diciembre de 2019, en términos de poner a prueba un catálogo en un contexto sociopolítico tan especial?

Sentí que hacíamos lo correcto. Estaba contento, además, de que la coyuntura no solo nos permitía poner a prueba el significado de las canciones del grupo, sino también valores para nosotros como grupo de amigos y de trabajo. Hacerlo bajo estas circunstancias, y cómo se hizo, me dejó mucho más contento. Esto es algo que me queda mucho más claro hoy que en su momento, por cierto.  Me generaba mucha tristeza que el grupo fuera una pancarta porque más allá de la alegría de que nuestras letras aparecieran citadas en una muralla o en un lienzo, que es muy lindo, claro, pero no podía quedar solo ahí; hay otra forma en que la música se vincula con la gente que está allí. Sucedió algo muy loco. Cuando acordamos hacer lo de la plaza, que no era el lugar original, el tema era de qué manera podíamos acompañar a la gente. Entonces, ocurrió que los viernes previos a aquel 13 de diciembre había mermado mucho la convocatoria en Plaza Dignidad. Pensamos que nuestra actuación podría ser un golpe de ánimo y música para aumentar la afluencia.

Fíjate que en todo el transcurso de las manifestaciones sociales la música siempre estuvo muy presente. Otros colegas hicieron una pega mucho más larga y profunda que nosotros. Se hizo un trabajo a nivel de población muy bacán. Lo de nosotros vino a coronar un trabajo que hicieron muchos otros músicos en términos de acompañar el proceso desde mucho antes que nosotros. Creo que fue bonito terminar el año, gracias a la pega de contención que hizo la primera línea, en un evento de mucha comunión. Me quedo con esa sensación y con la foto que tengo de ese medio millón de personas.

 

¿Y cómo observas el proceso político y social actual?

Una bolsa de gatos, pero creo que hay una oportunidad de poner la pelota contra el piso. Probablemente, no se lograrán todas las cosas que queremos, pero lo importante es que hay una oportunidad de tener una estructura más justa que la que impera ahora.

 

¿Gurdas optimismo frente al proceso constituyente?

Sí, aunque sé que no se avanzará en todo lo necesario, pero sí creo que hay una oportunidad de mejorar la situación del país. Mantengo esa, quizá, inocencia. En ningún caso creo que estaremos peor que ahora.