A 25 años Quién Mató a Gaete: lo notorio consiste en viajar de incógnito

Por Rodrigo Burgos Cartes

Fue el único álbum que Mauricio Redolés grabó para una multinacional. A mediados de los noventa, en medio de una forzada normalidad que no era tal, de la impunidad y los claroscuros, Redolés con Quién mató a Gaete se movió entre el desconcierto del inmovilismo noventero desde el desparpajo callejero y la insolencia de la estética diversa. Mauricio, en primera persona, cuenta parte de la historia de ese álbum y las coordenadas que lo cruzaron.

En 1992 comencé a tocar solo con mi guitarra por cerca de dos años. Ya en el ’94 empecé a conocer a un grupo de gente entre los que estaban Camilo Salinas, Nicolás Oyola y Tocori Berrú, quienes grabaron en el álbum y mi hijo Sebastián, que me acompañó en los ensayos y cuya voz aparece en Quién mató a Gaete. Un día, Guillermo Álvarez, un amigo que trabaja en publicidad, le comentó a Hernán Rojas que cuándo me grabarían. Aprovechamos esa mano y en 1995 Hernán Rojas nos dio una serie de horas en su estudio Sonus. Meses después andaba por ahí Álvaro Henríquez grabando un disco para Javiera Parra. A Álvaro lo conocía de Concepción y habíamos coincidido en el Tur Bus que trajo por primera vez a los Tres a Santiago. Bueno, al momento de los sánguches, Hernán Rojas le mostró al Álvaro mi demo y este quedó loco. ¿Qué es esa hueá?, dijo. Entonces, le pidió a Rojas mi teléfono y me llamó para contarme que ofrecería mi demo a la Sony. Afortunadamente, en Sony estaba como ejecutivo José Antonio Éboli, que tenía una mente bastante abierta y ahí se gestó la relación con el sello. Me dijeron ok, graba con quién quieras, pero ellos no sabían que yo no tenía nada ensayado con nadie. En esa demo estaban Eh rica, por ejemplo. Recuerdo que al escuchar He barrido el sol de los Tres quedé loco con el acordeón así que pregunté quién lo tocaba: Cuti Aste, me respondieron. A él lo ubicaba de la Negra Ester y poco tiempo después nos encontramos en un coloquio de la Universidad Diego Portales sobre Sida y música. Ahí empezamos a juntarnos, él venía a mi casa en Romero con su trompeta y acordeón y ensayábamos. Bueno, ya se había formado un buen grupo de personas. Lo bonito de ese disco es que se hizo entre amigos, no hay peleas ni rencillas, solo buena onda y deseos de que las cosas caminen.

Ya estaban todos los temas compuestos. Con Álvaro nos sometimos al trabajo de seleccionar canciones; una labor de poda en lugar de creación.

Yo tengo un texto en que hablo de este disco que se llama Plantar un árbol, criar un hijo, grabar un disco. Todos los seres humanos deberían grabar un disco o pintar un cuadro o escribir una novela. En el ’92 quien entonces era mi pareja se fue de la casa. Al poco tiempo ella me entregó a nuestro hijo Sebastián a quien comencé a criar. Esto coincidió justo con la época en que había dejado de tocar con una banda. Se había acabado una familia, pero había comenzado otra. Nunca dejé de hacer música.

En septiembre de 1993 tuve una visión nocturna que duró tres segundos. La escribí y se llamó Bienvenidos a Ciudad Alta. Un amigo hizo una maqueta para una película que hicieron sobre mí. Básicamente, trata de Santiago en quince mil años más y lo que ocurre allí. Santiago es algo, una plataforma, un globo, que está entre el cerro San Ramón y laguna Del Inca y hacia allá se viaja en trenes; hay muy pocos vuelos espaciales, solo a la Luna o Marte. Para ir a Ciudad Alta hay trenes y ascensores. Ciudad Alta es un barrio top de Santiago. Los ciudadaltinos son ciudadanos probos, los mejores poetas, lo mejores economistas, pero es una cárcel. Tienes una vida asegurada, pero es una ciudad totalitaria. Y esto tiene que ver con Montervede, ese sitio cerca de Puerto Montt que fue el primer enclave arqueológico y esto me llevó a pensar en qué ocurriría en quince mil años más. El libro comienza el dos de octubre del 17.993 con un padre y su hijo en una celda para padres separados. Fuera de Ciudad Alta viven el resto de los santiaguinos respirando un aire de mierda y cuándo van a Ciudad Alta deben usar escafandras ya que su sistema respiratorio mutó y ya no están acostumbrados al oxígeno. Hago coincidir mi vida privada con esta visión creativa. Tenía una pena tan grande. Como decía Khalil Gibran, yo y mi derrota somos invencibles. De ese libro escaparon dos poemas, uno de ellos fue Historia del milenio 25 y el otro fue El Futuro es Negro, que estuvo entre los posibles temas para Gaete. Finalmente, no quedó.

En Gaete hay canciones que hice entre el ’93 y el ’95. Hay un punto en que se intersectan Gaete y Bienvenidos a Ciudad Alta: en la canción Así habló Lorena con toda esa mecanicidad de signos y coordenadas tecnológicas.

Fue muy importante la Viviana Méndez, una amiga que había llegado a Santiago a estudiar Antropología y que arrendaba una pieza en mi casa. Con ella surgieron cosas como Neocolonialismo Cultural o Chica poco comunicativa. Todo era una especie de juego.

Con Tocori Berrú comenzamos a trabajar en las canciones y al principio no resultaba nada.  Recuerdo que en un concierto de B.B. King en la Estación Mapocho, Tocori -con esa pinta de indio norteamericano- se me acercó y me dijo “iré a tu casa junto con un amigo que se llama Nicolás Oyola”. Eran ensayos muy alcohólicos, con mucha cerveza. Así, en un momento, decidimos desarmar todo. No funcionaba nada. Fuimos a comprar cerveza, nos emborrachamos más y las cosas empezaron a salir bien. Y fue justo con El Futuro es negro, esa canción que se había fugado y regresado. Ambos, Nicolás y Tocori, me propusieron a Camilo Salinas. Llegó y, chucha, era pedazo de música, además afable, bueno pa’l hueveo. Y así salió Llegando a Yungay, por ejemplo.  Nos hicimos amigos, ensayábamos en Ñuñoa en una sala que bautizamos como “sala de las arañas”. Allí nacieron también Gaete y El Espejo.

En los ochenta, sociólogo y obsesivo, empecé a anotas mi actuaciones. En el ’86 me encontré con que tocaba cada tres días. Recuerdo un par de actividades en las que escuché que se le pedía a alguien una canción llamada Quién mató a Solís. Me quedó el grito en el oído ya que había muchos Quién mató en la música popular. Cuando llegué a Chile lo primero que hice fue preguntar dónde se podía tocar y averigüé sobre dos sitios: El Café del Cerro y la Casona de San Isidro. Sin más, me presenté en la casona y hablé con su dueño, Pedro Gaete. Hay allí varios vínculos. Entonces, mi manager, que estudiaba Sociología se apellida Solís; estaban el grito, Solís, mi manager y Gaete, el dueño del local donde tocaba. Ya llevábamos un tiempo hueviando con el Sebastián con quién mató a Gaete, los cueteh’, los cueteh’. El Sebas decía Cohete. Y así se fueron agregando fragmentos que tenían que ver con la jerga que se usaba en Chile, sobre todo en las clases proletarias. Era, en fin, un personaje que refleja el desconcierto de los noventa. Dio para todo, hasta para una obra de teatro.

Años después revaloré el poema al visitar junto a mi mujer a Nicanor Parra. Estuvimos cuatro horas con él. De repente le hablé del que era entonces mi libro poético más reciente Los versos del subteniente o teoría de la luz propia, bajo el heterónimo de Marcelo Reyes Candia. Nicanor me miró y me dijo, “no, lo suyo es Gaete. Usted logra en ese poema rescatar la calle”. Y sí, hay una voz anónima, un sonsonete que va hablando. Está bien hecho. Es la impunidad también frente a la masacre de Pinochet. De repete había fotografías que me inspiraban, como una de Pinochet mirando a Aylwin en la parada militar. Ahí se me ocurrió esa línea de “para que pudieras chacharear con el de al lado”. Para eso murió Gaete, para que pudieras sentarte al lado de un torturador y decirle buenas tardes. No es por forzar profecías, pero mira cómo termina Gaete, con la concertación. Está metida la idea de una transición.

Milité en el Partido Comunista por 18 años y algo te queda sobre cómo olfatear las cosas. Ahí estaba Pinochet, ahí estaban esos criminales. Gaete es un grito contra eso, contra la impunidad, desde la muerte. Con Gaete muere un país.

 

No tengo puede calzarle a Piñera, pero también a muchos otros, no está centrado en una persona específica. Hay un juego basado en, lo que piensa astutamente la gente, en no tengo pintos, no tengo jales, no tengo pastillas, pero sí tuviera para no convidarles les diría que no tengo. Es una canción sobre el ser asegurado, cagado; el chileno es bien cagado, da lo que le sobra. Se nos critica el doble discurso, lo que en Chile es proverbial. Es una cultura del no decir.

Se había quebrado la confianza en mi capacidad creativa. Hubo mucha sequía en la parte musical después de mi separación. No disfrutaba hacer música. Si escuchas Eh Rica te das cuenta de que armónicamente es bien rara, lo que viene de buscar algo nuevo. Esta canción se inspira en el ragamuffin, en el cual cambia de ritmo cuando salta la aguja, así comenzó: mezclando dos tornamesas, sin notas de transición. En la época de Gaete le hablaba a un amigo de una mujer a la que encontraba rica. Él me contestó “eso es una canción, hazla”. Me lo di como tarea. La mezcla de estilos, por ejemplo, el ballenato de Carlos Vives, cosas que escuchaba en los Chili Peppers. Estaba la idea de incluir una parte árabe y de ahí viene la cítara que aparece. Muchos amigos pasaban por la casa y me daban ideas.

Gracias a Álvaro Henríquez y a José Antonio Éboli pudimos hacer el disco. Tuvo poca repercusión en su momento, quizá porque fue un proyecto mal administrado. Tuvimos una muy corta relación con Romero y Campbell; con Sony estuve tres años, íbamos a grabar un disco y el sello me ofreció la mitad del presupuesto que necesitaba. Les pedí, entonces, que me liberaran y grabé con la plata de un Fondart mi siguiente disco, Bailables de Cueto Road.

Fue una experiencia muy aleccionadora. Me relacioné con lo que era ir a la televisión, radios. Siempre me ha preocupado la difusión de mis temas, pero prefiero hacer cosas que me resulten agradables. El clip de Eh Rica lo hicimos con Guillermo Álvarez; el sello no nos pasó un peso. Pasaron cosas muy raras: me contaban que mi disco lo mostraban en España junto a los Tres y lo que más interesaba era yo. Sin embargo, nunca lo supe y nunca me quisieron pasar un peso. El video de Eh Rica lo comenzamos en cine y lo terminamos en Hi 8. El cambio en las texturas da asco, pero la historia es tan entretenida que te agarra. Fuimos a grabar a Estación Central y nadie nos pintó el mono. Nos demoramos un año en grabarlo.

Es un mundo que no me gusta, el de la industria, el de presentar los discos. Solo puedo llegar hasta cierto punto. Me llamaron de una productora para ir a cantar una ranchera de los Chancho en Piedra. Yo respeto mucho a las rancheras y a los Chancho en Piedra, pero por lo mismo que tendría yo que ir a hueviar a ese programa. No tengo tiempo para que me agarren pa’l hueveo. Ayuda mucho recordar una frase de Vicente Huidobro: “lo notorio consiste en viajar de incógnito”. Y hay otra de Kafka que dice que no hay mejor lugar para hacer una fogata que donde hubo un gran fuego.  Y en Chile lo hubo.