Muerte en el Consultorio

A. A. Toro Ogden

 

Entonces Lucho mordió la naranja y el jugo le chorreó por la barbilla. Una joven se quedó mirando con asco el acontecimiento. Lucho estaba cagado de sed, por lo menos 38 grados de calor y faltaban unas 30 personas por atender en aquel consultorio público de mala muerte. La mayoría de las personas que se encontraban esperando ser atendidas por el único médico que se dignaba a trabajar los sábados eran de clase baja. Casi todos obreros. Los más acaudalados eran viejos jubilados que manejaban algún taxi que no les pertenecía, esto por ganar algún dinerillo extra que les permitiera pagar la educación de sus hijos.

Todos parecían trapos de cocina, de algún modo, y las mujeres todas sudorosas sin importarles que sus pechos estuvieran a punto de salirse de sus feas y apolilladas poleras. Lucho tenía 30 años y no había terminado la enseñanza media. El segundo medio fue demasiado para él, o para su adicción a la pasta base. Ahora era casi un regenerado. Iba a misa casi todos los domingos, era evidente que estaba cambiando. Gozaba de libertad condicional debido a su buen comportamiento dentro de la cárcel. Había violado a una joven dos años atrás. Lucho no tenía metas por delante, solo sobrevivir, lo más que pudiese. Su problema, aparte de su extrema fealdad, era su cesantía. Él quería trabajar en algo, en lo que fuese. Nunca le daban trabajo.

Se terminó de comer la jugosa naranja y encendió un cigarro casi quebrado, era el único que tenía. Lo fumó con calma mientras le miraba las piernas a una mujer que estaba sentada frente a él. En el instante en que la enfermera llamaba a un tal Hernández, un tipo negro de unos veintitantos años sacó un rifle recortado y dio un tiro al techo, destrozando una gran cantidad de pizarreño.

 

-¡El que se mueve, se muere! Tú, mijita rica, ándate para ese rincón -le dijo a la joven que Lucho miraba.

 

-Oh, por Dios, no nos haga daño -dijo una vieja, aparentemente de religión católica, que esperaba ser atendida. El tipo de la escopeta, enfurecido, le apuntó y le disparó en la cabeza. Saltaron cientos de pedazos de carne, sangre y masa encefálica. Su cabeza prácticamente desapareció.

 

-¡El que vuelve a decir una sola maldita palabra muere igual que la vieja! ¿Entendieron, hijos de puta?

 

La gente lloró en silencio. Lucho estaba callado, con la cabeza hacia el suelo. Pensaba en lo tranquilo que estaría en la cárcel, pero no. Estaba ahí. Prisionero de un maniático sin igual. Sentía envidia. Lucho tenía un revolver 38 especial corto, lo llevaba escondido bajo la polera. Lo escondía en casa de su hermana cada vez que volvía a la cárcel. Pensó en hacer algo al respecto. Si tan solo pudiera darle un tiro al loco y quedar como un héroe.

El maniático gritaba por los derechos de los homosexuales. Decía que todos eran los culpables de que su novio no recibiera atención inmediata aquella vez que le encajaron tres tiros en el estómago después de un enfrentamiento con los guardias de la farmacia que intentaba asaltar de buena manera. Gritaba fuertemente que todos pagarían por su muerte. Lucho pensó en su madre, después en la joven que había violado. Se le empalmó en ese momento. Llevó su mano lentamente hacia su estómago, tomó el revólver y, en un instante de valentía, saltó de su asiento y disparó a quemarropa contra el tipo de la escopeta.

Cuando las hileras de sangre saltaban del cuerpo del maniático, Lucho pensaba en el héroe que se había convertido, en su libertad, en la salvación de todas esas personas. Mientras disparaba, Lucho soñaba con ser como todos los demás. Quizás le permitiesen terminar la enseñanza media y se convertiría en un policía de renombre. Se sentía como un libertador, su felicidad no tenía fin en ese momento. El loco de la escopeta caía abatido por cuatro tiros en el pecho, tres en la cabeza y dos en el estómago. Estaba completamente muerto cuando cayó al suelo junto a su propia sangre. Las demás personas se sintieron por vez primera vivas de verdad. La vida ahora tenía sentido. Todos querían ver a sus hijos y abrazarles fuertemente, al tiempo que les decían que los amaban más que nunca. Lucho lloró de felicidad al sentirse por primera vez en su perra vida un héroe.

En ese instante entraron cuatro policías armados y, al ver a Lucho con el revolver en la mano, le acribillaron sin piedad alguna. A diferencia del tipo de la escopeta, Lucho caía con un tiro en la mandíbula, dos en el pecho, cuatro en el estómago y dos en la pierna derecha, sin contar los que dieron en la pared. Cuando su cuerpo caía sin vida, sus ojos aún estaban contentos, su mirada apuntaba hacia el cielo y pedía perdón. Él no era una persona maligna, las circunstancias le fueron dando forma a su atormentada infancia. Su poca capacidad de comprensión le hizo darse por vencido en el colegio. La joven que había violado, le había perdonado de algún modo. Ella era una prostituta del barrio Independencia. Lucho le había dicho que tenía cinco lucas y ella le creyó. Al ver que no tenía dinero alguno, lo acusó de violación.

Cuando el cuerpo de Lucho impactó contra el suelo, se le acercó uno de los policías y lo miró. Al ver entre toda esa sangre que la cara del muchacho tenía una especie de sonrisa, dijo: ¡Miren, el cabrón aún se ríe! Al tiempo que le daba el tiro de gracia en la frente.