Producto de toda una historia: a 50 años del debut de los Blops

Disciplina monacal, meditación y alucinógenos. Un viaje a Europa, el triunfo de Allende y el ciclotrón. Hace 50 años, los Blops publicaban el primero de sus tres álbumes, abriendo una zanja creativa esencial para la música chilena.

 

Por Rodrigo Burgos.

La inspiración fue The Partisan, tema incluido en el segundo disco de Leonard Cohen, Songs from a room, de 1969. Ubicado en París, Eduardo Gatti quedó especialmente impresionado con el austero y melancólico registro de Cohen, la simple profundidad de su música. No eran tiempos de especial optimismo. Eduardo Gatti había dejado Chile a principios de 1970 con destino a Europa. Su motivo fue muy similar al que había impulsado a su amigo Héctor Sepúlveda -líder de los Vidrios Quebrados- a abandonar Chile durante 1968: armar una carrera en el mundo de la música desde el lugar donde sí ocurrían las cosas, de donde provenían parte fundamental de la música que había sacudido al mundo durante la década que ya terminaba. Sin embargo, la impresión no fue amable. Las horas alegres de la contracultura iban a la baja, la atmosfera era hostil y fría. En esas horas de tensión, Eduardo Gatti comenzó a pergeñar los primeros atisbos de Los Momentos. A mediados de 1970, Gatti regresó a Chile para reincorporarse a los Blops, la banda en que había militado durante 1969. Su lugar no estaba en París ni Londres sino junto a los compinches con quienes había actuado a tablero vuelto en las ramadas estivales de Isla Negra el verano anterior.

Los Blops son, en apenas los tres años que duró su primera y más relevante encarnación, una impresionante síntesis del tiempo y espacio que ocuparon. Su música fue el crisol de las innúmeras influencias que permearon su formación: la Nueva Canción Chilena a los Beatles, de Jimi Hendrix a Bach. El ingreso al Instituto Arica de Óscar Ichazo y su estricta formación interdisciplinar para alcanzar una conciencia superior; la pertenencia a una burguesía y élite culturales divida por las pulsiones políticas de la época. Las drogas como apertura, pero también como caída libre.

Es 1970 el año en que Salvador Allende consigue por fin hacerse con la presidencia de la República. Fue el natural resultado de la vertiginosa trayectoria política de un país en que una clase trabajadora empujó el carromato de los cambios sociales indeclinables, de la impostergable emancipación, frente a la tibieza del reformista gobierno de Frei Montalva. Allí, en un país que implosionaría en apenas tres años más presa de una aceleración que ninguna casta política podría satisfacer, cinco muchachos ubicados en las coordenadas exactas para degustar los mostos más exquisitos de una contracultura con reverberancias autóctonas, iniciaron la escritura de un breve no obstante poderoso capítulo en el derrotero del arte nacional.

Las diversos relatos coinciden en que fue Juan Pablo Orrego el primero en traer al seno de la banda un tema compuesto por él. Cierto, la banda se había agotado de versionar una y otra vez el cancionero de la invasión británica y su respuesta estadounidense. El primer tema de esa comienzo fue Barroquita; acústica, dócil, como una extraña desviación de Mamas & The Papas; titubeante, insular y rural.

La dinámica de los Blops por entonces, ya fuere en las salas contiguas al Ciclotrón de la Universidad de Chile, la casa de Julio Villalobos y su compañera de entonces, Paula Sánchez, en la Dehesa, la que Ángel Parra le había prestado en la Reina, la misma en que Violeta vivió parte de sus últimos meses, hablaba de un laboratorio fluvial de ideas, pulsiones, esquemas de avances melódico-armónicos en que el director de facto -no obstante la equidistante voluntad de los cinco miembros del grupo- fue Julio Villalobos. Ya apuntaba Juan Pablo Orrego que Julio, un par de años mayor que el resto, era lo que conviene en llamarse un genio: puntaje nacional de Matemáticas en la prueba de Bachillerato universitario, eximio gimnasta, alumno destacado del Conservatorio. En 1970, Julio Villalobos era también invitado a participar en el ecléctico álbum Canciones Funcionales de Ángel Parra. Julio podía moverse dentro de diversos estilos con una naturalidad erudita pasmosa. Es el primogénito de la Violeta, quien seguía al grupo desde los tiempos liceanos del Manuel de Salas -era entonces esposo de Marta Orrego, tía de Juan Pablo-, les consigue algunas horas de grabación en agosto de 1970 en los estudios Splendid ubicados en calle Catedral. El sello, Dicap. Hacia ese hito, la banda apenas contaba con cuatro canciones cerradas. El resto, pasajes instrumentales más o menos acabados, tímidos aún en su embrionaria situación. Sin embargo, fue suficiente. Ahí está Vértigo, la extensa y nihilista letanía que Julio Villalobos compuso cual oráculo. Mujeres llorosas, hombre incrédulos, cansancio y oscuridad. No pasaría mucho tiempo para que el país -y él mismo- se sumieran en las tinieblas. Dos canciones de Juan Pablo Orrego: La Mañana y el jardín y Maquinita. La primera, fervorosa celebración de una mañana cualquiera, el acontecer de los días. La segunda, oscura, apesadumbrada en el rumiar de la rutina, de este ciclo cuyo sentido solía escaparse si no eras capaz de superar la pesada matriz donde nos encajonaban. Por último, Los Momentos. Una canción compuesta desde la asunción del lastre de tu propia cerrazón, la tuya y la de tus padres, las herrumbrosas constantes que convierten todo en un espejismo, en algo fatuo y tramposo. Era una canción en la que Eduardo no confiaba. El resto del grupo se la sacó a tirabuzones. El ingeniero encargado de la grabación, Ángel Araos, calculó que un lado del álbum quedaría más corto que el otro y que perfectamente cabía una canción más. Apremiado, Eduardo terminó la letra en el estudio y le pidió a Susana Sarué, novie de Felipe Orrego, apoyar vocalmente la pista, del mismo modo que la inspiradora The Partisan también contaba con una etérea voz femenina.

Publicado en octubre de 1970, el debut de los Blops contó con una sinergia creativa inicial extraordinaria. Su primer prensaje, de 500 copias, contó con carátulas dibujadas por destacados artistas como Nemesio Antúnez y Carmen Silva. El entonces director de TV Sergio Riesenberg grabó y transmitió a través de TVN un recital del grupo celebrado en el Teatro Marconi, hoy Nescafé de la Artes, donde Víctor Jara, amigo y admirador, se subió en algún momento al escenario. Fue el propio Víctor quien tuvo que interceder a favor del grupo cuando los cabecillas de Dicap comenzaron a sentirse un tanto incómodos con la excesiva libertad y falta de compromiso explícito de la banda con el proyecto allendista.

¿Cómo podemos interpretar el debut de los Blops a 50 años de su publicación? Quizá, tal comentaba Juan Contreras, flautista y tecladista de la banda, el grupo representaba el espacio más espiritual de la llamada Nueva Canción Chilena. Un flotante y agridulce registro de expectación vital. Sin proponérselo, a tientas, solo confiando en la disciplina y un talento que aún asombra, fueron capaces de iniciar el tejido de un acústico mundo que, década y media después, en otros lares, por cierto, sería bautizado como indie.

A medio siglo de ello, Blops sigue siendo un grupo del que se habla más de lo que se le ha escuchado. Un fascinante recaudo de mitos, invenciones y, por cierto, una caudalosa historia que los puso justo en el proscenio de un proceso contracultural extraordinario y abrupto, del que poco tiempo después nos arrojarían al abismo presa de siniestras energías que corrían por fuera de los sueños que Orrego, Villalobos, Gatti, Contreras y Bezard intentaron pergeñar en tardes de calistenia, ensayos maratónicos y marihuana a destajo. “Cada uno aferrado a sus dioses, producto de toda una historia”.  Y así será.