Juegos, Trampas y dos Átomos Humeantes

La Crisis en Irán.

Por Maximiliano Sepúlveda R.

El pasado viernes 27 de noviembre, el científico iraní Mohsen Fakhrizadeh, considerado el padre del programa nuclear de ese país, fue asesinado a tiros en una emboscada en la localidad de Absard, a 90 kilómetros al norte de Teherán.

Fakhrizadeh es el segundo alto personero iraní en ser ultimado este año, sumándose al general Qasem Soleimani, muerto el 3 de enero pasado en un ataque con aviones no tripulados en las cercanías del aeropuerto de Bagdad.

El científico nuclear, miembro de la Guardia Revolucionaria -cuerpo cívico militar que maneja el aparato de poder iraní-, era profesor de física en la prestigiosa universidad Iman Hosein, donde se forma la elite político social del país, y aunque aún no existen resultados oficiales de la investigación por el asesinato, todos los dardos apuntan a los sospechosos de siempre: Israel, ya sea a través de su servicio secreto, el Mossad, o mediante la acción de mercenarios locales, que balearon con armas cortas a quien debía ser uno de los hombres más protegidos del país, a plena luz del día.

El hecho ha subido la temperatura en la ya tensa región, considerando que los principales adversarios político-militares de Irán, Estados Unidos (al menos hasta el término del mandato de Donald Trump), Arabia Saudí e Israel, ya han comenzado a mover sus cartas para evitar el regreso del Acuerdo Nuclear que Teherán firmó con las potencias occidentales en 2015, y en cuya negociación participó directamente el próximo mandatario norteamericano, Joe Biden, por esos días Vicepresidente bajo Barack Obama.

Es importante recordar que tanto el líder Israelí, Benjamin Netanyahu, como los príncipes Saudíes, celebraron la decisión de Trump de abandonar el Acuerdo Nuclear en 2018, optando por la vía de las sanciones económicas y la permanente amenaza de un ataque militar.

 

Un camino lleno de misteriosos tropiezos.

 

El desarrollo del programa nuclear iraní, cuya narrativa en occidente está dividida en partes iguales entre nobles fines energéticos y pérfidas intenciones belicistas, ha estado lleno de tropiezos desde su inicio. No son pocos los que perciben un deja vu de la Guerra Fría en algunos hechos que, al ser observados de forma aislada, no parecen tener significado, pero agrupados, pueden contar una historia.

El 12 de enero de 2010, el profesor de Física de la Universidad de Teherán, Masud Ali Mohammadi, muere en una explosión provocada por una bomba activada a control remoto. El 29 noviembre de ese año, otro científico nuclear, Majid Shahriari, es hecho estallar en su auto. En julio de 2012, un tercer ingeniero, Darioush Rezaineyad, es baleado. Tenía 35 años.

A esto se suma la muerte en una explosión del Jefe del Programa de Misiles iraní, general Hasan Tehrani-Moghaddam, donde además perdieron la vida otras 15 personas. Todos los funcionarios antes mencionados pertenecían, de una forma u otra, al programa nuclear de su país, y es por esto que las autoridades locales han responsabilizado a servicios de inteligencia occidentales, como la CIA, la MI6 (Inteligencia Británica) y el Mossad israelí, por estas muertes.

Estos últimos han mantenido una postura ambigua frente a los hechos, caracterizada por no reconocer oficialmente las acciones, pero al mismo tiempo sin hacer nada para acallar los rumores. Detrás de esto estaría el doble juego de agrandar su mito, sin admitir una culpabilidad oficial que pudiese acarrear sanciones o represalias.

Los asesinatos selectivos, más una sostenida y bien ejecutada estrategia de sabotaje electrónico, además de una seguidilla de deserciones y secuestros, serían una estrategia de “doble mano” al más puro estilo de la guerra fría. En esta lógica, las potencias occidentales persisten en una guerra sucia de baja intensidad en terreno, mientras negocian un cese en el desarrollo de tecnología militar por parte de Teherán.

 

Una acción que cierra opciones.

 

Al día siguiente del ataque, el 28 de noviembre, el New York Times dedicó páginas a analizar la “agenda” detrás del ataque. En el artículo, el medio asegura que los homicidios y acciones de sabotaje son parte de un plan de Israel para evitar a toda costa que Joe Biden tenga espacio político para avanzar en una vía diplomática de solución a la crisis.

Netanyahu, Trump (y sus asesores), estarían apostando a que la presión de los oficiales iraníes de línea dura se haga insostenible, haciendo que el país asiático responda a los ataques. Por ejemplo, mediante una incursión en el siempre caliente estrecho de Ormuz, donde navíos saudíes, iraníes, norteamericanos y de Emiratos Árabes “conviven” en un paso de un par de kilómetros de ancho. Si Irán respondiera, provocaría una escalada militar que cerraría las puertas a la diplomacia, para abrirla a los bombarderos de la OTAN, cuyo despliegue estaría justificado para la opinión pública. Consideremos que el 20% del petróleo que sale del Golfo Pérsico a los distintos mercados mundiales, pasa por Ormuz.

Una escalada belicista como la antes descrita, tendría por efecto inmediato el surgimiento de una Irán redobladamente hostil, torva y paranoica, volviendo sus esfuerzos nucleares cada vez más oscuros y secretos. Es muy probable que decidieran llevar sus instalaciones a complejos subterráneos en las montañas, lejos del alcance de ataques, sabotajes, y de la mirada vigilante de agentes occidentales. En ese escenario, la consecuencia más esperada  sería, para bien o para mal, que occidente se enterase de la existencia de armas nucleares en el país asiático sobre hechos consumados, -como ya ocurrió con Corea del Norte-, luego de haberlos tenido sentados a la mesa de negociación hace solo 5 años, en lo que sería el mayor fracaso en la historia de los esfuerzos por la no proliferación de armas nucleares.

Para todo lo anterior, será clave la reacción que tenga Teherán frente a estos hechos. ¿Reaccionarán violentamente, o “esperarán” a Biden, quien asume en enero? ¿Seguirán los ataques? ¿Intentará Trump una última maniobra que termine con la paciencia de su persistente enemigo? Son todas interrogantes que deberán dilucidarse en los próximos meses.