Los Círculos de la Desintegración

La crisis política Peruana.

 

Por Maximiliano Sepúlveda.

Las aguas parecen haberse calmado en Perú en los últimos días, tras una nueva y más que violenta manifestación del colapso institucional del país. Hoy, las riendas del Palacio Pizarro están en manos del moderado Francisco Sagasti, al menos hasta julio de 2021, salvo que la siempre sorprendente escena política peruana vuelva a girar, como viene haciéndolo desde hace 20 años.

Para entender qué pasa en Perú, es bueno hacer un recuento de lo que han sido los últimos años en las esferas del poder en el Rímac. ¿Aburrido? Le aseguro que cualquier cosa menos eso.

Partamos en noviembre de 2000, cuando, tras 10 años en el poder -no exentos de sazón criolla-, el Parlamento peruano destituye a Alberto Fujimori tras una larga sucesión de acusaciones de corrupción y violaciones a los Derechos Humanos. El cargo de la acusación lleva un nombre pomposo que vale la pena retener, ya que se repite incesantemente: Incapacidad Moral Permanente. Un día antes, Fujimori había renunciado, vía fax, desde Tokio, donde acudió seguramente en busca de la sabiduría de sus ancestros, sin intenciones, estamos seguros, de escapar de la policía peruana haciendo valer su doble nacionalidad, prerrogativa que hacía improbable la extradición.

En abril de 2009, Fujimori sería condenado a 25 años de cárcel por corrupción y genocidio, entre otras perlas. Pero no se preocupe, seguirá jugando. Sigamos.

El sucesor, Alejandro Toledo, completó su mandato con agudos episodios de movilización y paralización total, especialmente en mayo y junio de 2003. También terminaría preso, pero vamos con calma.

En 2006, retorna al poder Alan García, el emblemático político y gran orador que ya había gobernado Perú entre 1990 y 1995. García completa su periodo -entre numerosas acusaciones de corrupción-, en la antesala de una tormenta que haría crujir a varios gobiernos latinoamericanos: El caso Oderbrecht y la trama Lava Jato.

En 2011, la izquierda vuelve al poder tras 36 años con Ollanta Humala, el ex militar y caudillo nacionalista del sur del país, quien se impone por estrecho margen en segunda vuelta a la hija de Alberto Fujimori, Keiko, la cual regenta su propio partido. Humala cierra su periodo en 2015, viéndose contra las cuerdas por un bullado escándalo de espionaje de agencias oficiales de inteligencia a periodistas, legisladores y empresarios, episodio en el que ve caer a su Primera Ministra, Ana Jara.

En 2016, Pedro Pablo Kuczynski, ex operador en Wall Street, llega al Palacio Pizarro derrotando a Keiko Fujimori, quien veía escapar el poder nuevamente por escaso margen. En 2017, la Fiscalía Peruana ordena investigar las vinculaciones de “PPK” con una de las tramas de corrupción más intrincadas y vastas de la historia reciente latinoamericana: las maniobras del gigante brasileño de la construcción Oderbrecht, empresa acusada de pagar millonarias coimas a funcionarios peruanos entre 2005 y 2014, a cambio de jugosos contratos de concesión inmobiliarios y de obras públicas.

Acá la cosa agarra ritmo: Kuczynski zafa por centímetros de un voto de destitución gracias al inesperado apoyo de un grupo de congresistas liderados por Kenji Fujimori, hijo de Alberto y adversario político acérrimo de su hermana Keiko (los hermanos, además, se detestan a nivel personal y familiar). Tres días después, Kuczynski devuelve la mano indultando a Alberto Fujimori, una orden invalidada por la justicia de ese país al año siguiente. En marzo de 2018, un día antes de una segunda votación de destitución, PPK renuncia. Llega así el momento de Martín Vizcarra.

Vizcarra parte con buenos números, pero la teleserie no se detendría: en abril de 2019, y con la policía limeña derribando la puerta de su residencia en el exclusivo barrio de Miraflores, al norte de Lima, Alan García se suicida cuando iba a ser detenido por su presunta participación en el escándalo de Oderbrecht. Un mes después, por el mismo caso, el ex Presidente Ollanta Humala y su influyente -y carismática- esposa, Nadine Heredia, son formalizados por lavado de dinero. En julio, el ex mandatario Alejandro Toledo es detenido en Estados Unidos con objeto de ser extraditado. ¿Keiko Fujimori? Se va en cana en octubre del mismo año, acusada de lavado de dinero. Sale en libertad a los dos meses, pero vuelve a prisión en enero de 2020, para finalmente obtener la libertad provisional en mayo.

Poco antes, el 30 de septiembre de 2019, Vizcarra extrema la osadía al disolver el Congreso y llamar a elecciones. El poder legislativo responde con el comodín: votación para suspender a Vizcarra por, ¿adivinó usted? Incapacidad Moral Permanente. La movida no resulta, y el 26 de enero de este año se elige un nuevo Congreso, el cual toma funciones el mismo día que Perú entra en confinamiento absoluto por la pandemia del Covid-19.

El pasado 9 de noviembre, finalmente, el Parlamento vota la destitución de Martín Vizcarra, acusándolo de irregularidades en la contratación del cantante Richard “Swing” Cisneros, con motivo de un acto oficial (es en serio). La moción supera cómodamente los 87 votos necesarios. Vizcarra completó 32 meses en el cargo. En su reemplazo asume el Presidente del Congreso, Manuel Merino, quien gracias a la infinita creatividad de los políticos peruanos para interpretar la Constitución de su país, se hace del poder Ejecutivo sin perder su cargo como líder del Parlamento. Y se desata el desastre.

La llegada de Merino colma la paciencia de los peruanos, quienes se arrojan a las calles en furiosas protestas que son salvajemente reprimidas por las fuerzas de seguridad, con dos asesinados entre los manifestantes en cuestión de horas. Manuel Merino renuncia tras seis días en el cargo.

 

Los «círculos» del clientelismo.

 

Sin embargo, luego de toda esta saga, la pregunta prevalece: ¿qué pasa en Perú? ¿De qué se trata esto? A lo largo de los años se han levantado diversas tesis para explicar este fenómeno: una sociedad diversa, culta, cosmopolita, con alta y rica presencia migrante, además de un acervo cultural único, con enorme potencial, que gira sobre sí misma como un perno rodado, sin rumbo ni sentido. Algunas de estas teorías -de una sociología bastante condescendiente-, señalan que nuestros vecinos del Rímac tendrían una vinculación cultural irreductible con la informalidad. Con un 70% de su economía “en negro”, los propios peruanos critican esta tendencia a no respetar las normas, a valorar al “vivo” por sobre el “correcto”. Otras, más políticas, tienen una explicación diferente.

Una nefasta combinación de prácticas generadas durante la década Fujimori, con los escándalos de corrupción de Lava Jato y Oderbrecht, habrían destruido el sistema político peruano, colapsando la estructura de partidos y convirtiendo a las élites políticas en una casta de operadores; un grupo sin vínculos reales con la comunidad, sin acervo o domicilio ideológico de ningún tipo, cuyos líderes y caudillos más importantes, a nivel local y nacional, se rodean de “círculos” de operadores políticos profesionales. Unidades inorgánicas que operan en una larga sucesión de transacciones cortas, intrigas, conspiraciones, tramas y celadas, sin más norte que escalar en la institucionalidad peruana.

Los últimos cambios en la legislación del país, además, restringen la reelección de representantes, lo que convierte a los cargos de representación popular en meros escalones para el siguiente paso.

Esta forma supera, y al mismo tiempo bloquea, la posibilidad de ser parte de organizaciones más complejas, como un partido político. Así, estos “círculos” reemplazan funcionalmente a los partidos. Una serie de grupos que no tendrían por objeto el impulso de un programa de gobierno, o la generación de movilización electoral; por el contrario, solo buscan acompañar al caudillo de ocasión en la interminable trama de negociaciones y acuerdos, traiciones e intrigas, que permiten avanzar de un sillón de mando a otro.

En época electoral, los “círculos” se incorporan temporalmente a organizaciones con “licencia” para competir (partidos constituidos formalmente a nivel nacional o local). Fuera de ciclo, su aproximación al poder se realiza a través de negociaciones, tentativas de destitución, etcétera. Esta práctica generaría un efecto sinérgico, ya que la inestabilidad política que resulta de esta dinámica, al mismo tiempo, configura el escenario ideal para que estos «círculos» prosperen.

Podemos encontrar ejemplos de esta nefasta lógica política fuera de Perú, como el impresentable ascenso de Jeanine Añéz a la Presidencia de Bolivia, o la sucesión de tres vicepresidentes en Ecuador desde 2018. Todo lo anterior, dicho sea de paso, sin procesos electorales de por medio. También, en cierto sentido, lo ocurrido con Dilma Rousseff en Brasil, destituida de la Presidencia de la República por cargos que no hubieran pasado de simples desórdenes administrativos, en cualquier otro escenario político del continente.

 

Algunas Posibles Conclusiones.

 

Suponiendo que la tesis de los círculos tuviese validez, y que todo esto se trata de una gran red de clientelismo, una costra sin fondo ni sustancia, ¿por qué los congresistas peruanos insisten en dinamitar una y otra vez el frágil tinglado que parece alimentar tantas bocas y repartir tantas prebendas? En teoría, se supone que el congresista promedio es un individuo pragmático y racional, que busca el beneficio personal y la reelección, ya sea en el cargo que ostenta o en el siguiente. Para ello sostiene una inclinación interesada hacia el establecimiento de acuerdos y alianzas que le permitan configurar una agenda, obteniendo así beneficios a largo plazo. Pero en un país donde las confianzas duran horas, esta lógica se rompe a diario y de forma inexplicable.

La idea de las cámaras herméticas de poder por sobre los partidos o estructuras tradicionales de administración, parece tener sustento en los ejemplos prácticos. Y también en los números.

En las elecciones parlamentarias de enero de 2020, ninguno de los 9 partidos que alcanzó el mínimo legal de votos para permanecer en el sistema (5% del padrón), superó el 11% de las preferencias.

Se mantienen en el juego la APP (Alianza Para el Progreso), con una estructura partidaria tradicional. Fuerza Popular, liderado por Keiko Fujimori, el partido más grande post dictadura de Alberto Fujimori, el cual redujo su presencia de 75 a 15 congresistas. El FREPAP, con base en el Perú amazónico, de corriente conservadora y evangélica. Luego vienen partidos de izquierda más pequeños, Frente Amplio y UPP, herederos del caudillo sureño ultranacionalista Antauro Humala (hermano de Ollanta), condenado a 25 años de cárcel por sedición tras una escaramuza golpista en una comisaría. Su sentencia está en revisión.

Más abajo están Podemos Perú, organización pequeña con base en el sector acomodado de Lima, y el Partido Morado, autodenominado de “Centro Radical”.

Por si fuera poco, la pandemia empeoró las cosas. El renovado Congreso asumió sus funciones el mismo día del inicio de un confinamiento casi total en el país, lo que privó a los nuevos congresistas de la posibilidad de hacer trabajo territorial. Como ha sido la tónica en estos meses, la legislatura se ha concentrado en iniciativas de transferencia directa de fondos (bonos, préstamos, retiro de fondos de pensiones, exención en pago de créditos y peajes), e iniciativas que no corresponden a políticas públicas de mediano plazo, solo a medidas económicas inmediatas que apuntan a cubrir urgencias de primera necesidad.

La teleserie peruana parece haber entrado en receso tras el desastre de Merino. Francisco Sagasti, el legislador moderado, estará a cargo hasta mediados de año, mostrando, al menos hasta ahora, la habilidad de ganar tiempo: apenas asumido, destituyó al jefe de la Policía, responsable administrativo de la fuerte represión que se vivió en los convulsionados seis días de mandato de su antecesor.

¿Girar el bote sin incentivos reales para generar un plan institucional de mediano o largo plazo? Improbable. ¿Seguir viviendo del truco de ocasión, fundando partidos que duran dos meses, alianzas de una semana, confianzas de días u horas? Tal parece la opción más probable en un escenario en donde la incertidumbre se presenta como la única ley inviolable de la República.

 

Referencias:

 

https://www.ciperchile.cl/2020/11/01/crisis-politica-en-peru-ii-es-el-congreso-peruano-suicida/

https://www.ciperchile.cl/2020/11/10/crisis-politica-en-peru-iii-la-representacion-politica-del-cortoplacismo/

https://www.ciperchile.cl/2020/10/30/crisis-politica-en-peru-i-la-cuadratura-del-circulo/

https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/institucionalidad-criollada-la-insoportable-levedad-del-debe-ser-por-javier-diaz-albertini-noticia/?ref=ecr